Anónimo 4
Tiempo de votar
14 de marzo 2004
Texto publicado en el libro PÁZSALO. MULTITUD EN REBELIÓN
La mañana del domingo 14 de marzo era soleada y muy primaveral en
Madrid. El cielo estaba despejado. Después de tres días intensos,
inabarcables, conmovedores e irrepetibles, era imposible saber cuál
sería la reacción de la gente ante los acontecimientos que habíamos
vivido.
Al levantarme no puse la radio. Recogí El País en la puerta
de casa y, como todos los domingos, mientras desayunaba, lo hojee rápidamente.
El titular era “Tres marroquíes y dos indios, detenidos en Madrid en
relación con el 11-M”. Más abajo, en cuerpo aún mayor:
“España vota bajo el síndrome del peor atentado de su historia”.
Cuando Teresa y yo salimos a votar habían pasado las diez de la mañana.
El colegio electoral que nos corresponde estaba en el colegio Bernadette,
en Aravaca. Desde nuestra casa se llega dando un paseo de cinco minutos a
través del Parque Arroyo Pozuelo.
Al llegar nos encontramos con un revuelo de periodistas y fotógrafos
dentro del colegio, en la sala desde la que se distribuían las distintas
mesas. En medio del tifón estaba, bastante pálido, Mariano Rajoy,
el candidato a presidente del Gobierno elegido por Aznar. Su esposa le acompañaba.
Ya habían votado.
Después de los días vividos fue una impresión tremenda
encontrarle allí. Teniéndole delante era imposible no volver
a recordar lo que habíamos vivido. Los trenes destrozados, la conmoción
de todos a medida que se iban conociendo las dimensiones de la tragedia, las
vacilaciones de Acebes y el cinismo de Zaplana mientras intentaban manipular
a la gente sobre la autoría de los atentados, la manifestación
multitudinaria del viernes bajo la lluvia por las calles de Madrid, la reacción
ciudadana del sábado ante la calle Génova de Madrid y en tantos
lugares del país, la grosera y amenazante intervención del propio
Rajoy por la noche.
Algunos apoderados del PP empezaron a gritar “¡presidente, presidente!”.
Más imágenes se agolparon: la huelga general y las mentiras
de Urdaci, el hundimiento del Prestige y los voluntarios del chapapote con
la enseña de Nunca Máis, las inmensas manifestaciones contra
la guerra en los primeros meses del año pasado, el trío de las
Azores, la inmensa bronca reaccionaria con que Aznar se había dirigido
a nosotros tantas veces, el nuevo peso de la religión en la escuela.
A los gritos de “¡presidente, presidente!” otras voces comenzaron
a gritar “¡manipuladores, manipuladores!”. Me pareció que Rajoy
empalidecía más. Salió del colegio electoral y la comitiva
de periodistas, apoderados del PP y ciudadanos que protestaban le acompañó.
Varios jóvenes seguían la comitiva al grito de “¡mentirosos!”.
También le llamaban asesino. Pensé una vez más en la
facilidad con que se traspasa la línea que separa la protesta legítima
del insulto irresponsable. Entendía y entiendo la indignación
que sentían, pero la desmesura es el camino más seguro para
perder la razón.
Yo no seguí a Rajoy. Recogí las papeletas de voto y tras algunas
dificultades para conseguir que la sábana del Senado entrara en el
sobre, Teresa y yo nos dirigimos a la mesa electoral. Pocas veces me había
producido una satisfacción tan grande votar a la izquierda. Voté
contra Aznar, contra la guerra, contra la mentira y la manipulación.
Después, mientras salíamos del colegio recordaba el lema de
la campaña de No nos resignamos: “Si votamos, los echamos”. ¿Será
posible?
Al regresar me sentía agotado después de la tensión
de los últimos días. Teresa salió hacia Peralveche, un
pueblo alcarreño, con su madre, que no había gestionado el
voto por correo; ella también quería votar en esta ocasión.
Me había prometido no escuchar noticias, no leer más la prensa
ese día, pero era imposible. En Internet vi cómo toda la prensa
internacional se asombraba de la contumacia mentirosa del gobierno español.
Para distraerme puse un DVD, una de las obras maestras de John Ford que he
visto montones de veces, Fort Apache.
Hacia la una de la tarde acompañé a mi madre y a mi tía,
ambas de más de ochenta años, a votar en el barrio de Virgen
de Begoña. Ellas también habían seguido en los últimos
días intensamente las noticias de la SER y estaban asombradas de los
extremos de indignidad a los que la gente del PP habían llegado. En
su colegio electoral había mucha gente, mucha más que en otras
ocasiones en que las había acompañado. Me preguntaba si eso
significaría que iba a haber una gran participación.
Una y otra vez me rondaba la cabeza la misma idea. ¿Cómo reaccionará
la gente a todo lo que había pasado en los últimos días?
Me preguntaba cómo podría ser este país si, a pesar de
todo, el PP volvía a ganar. Me parecía imposible, sería
irrespirable, faltaría el aire limpio que nutre la vida libre. ¿Cuánto
habrá calado en la sociedad todo lo que hemos vivido en estos días?
A lo largo de la tarde se fue confirmando que la participación era
alta, mucho mayor que en anteriores comicios. Me decía una y otra vez
a mí mismo: eso es una buena señal. Solo unas horas después
sabríamos que la participación había aumentado en ocho
puntos y medio porcentuales respecto a las elecciones del año 2000.
A las ocho de la tarde la mayoría de los sondeos efectuados a la
salida de los colegios daban la victoria a la izquierda. Era difícil
creérselo completamente.
A partir de las nueve empezaron a conocerse los resultados. No recuerdo
el orden de los datos que se fueron ofreciendo. Digamos 25%, 40%, 60% de
votos escrutados... Todavía teníamos muy presente el perverso
recuento de las segundas elecciones a la Comunidad de Madrid en junio, las
repetidas por la espantada de Tamayo y Sáez. Pero esta vez no había
oscilaciones divergentes. Había una tendencia permanente a favor de
la izquierda. El PSOE, la izquierda, estaba ganando con claridad. Empezaban
las llamadas de amigos y en todas había el mismo comentario... hasta
el 80% no hay que creérselo. Era como un sueño. El PP, la derecha
reaccionaria, clerical, especuladora, belicista y mentirosa, estaba sufriendo
una gran derrota.
Comparecencia de Acebes. Efectivamente, el PSOE había ganado las
elecciones.
En ese momento me emocioné. Al borde de las lágrimas recordé
tantas manifestaciones, tantos actos y reuniones, tantas conversaciones, tanta
indignación a lo largo de estos años, tanta desesperanza en
algunos momentos. También me acordé de una pareja amiga, ambos
rojos y ateos, Juanjo y Nieves, que habían muerto. Qué pena
que no pudieran ver la derrota de Aznar, uno de esos momentos dignos de ser
vividos y que tantas veces habíamos evocado. Y me acordé de
la gente que en Madrid lloraba por sus muertos y sus heridos. Nuestros muertos,
nuestros heridos. Recordé a amigos y amigas solidarios de lugares
distantes, de Argentina, de Chile, de Uruguay, de Portugal, de Francia, de
Italia, que en estos días se había comunicado conmigo interesándose
por si estábamos bien.
Resultados prácticamente definitivos. Casi once millones de votos
para el PSOE, nueve millones seiscientos mil para el PP. Más de dos
millones para otros partidos de la izquierda. ¡La izquierda plural ha
vencido! ZP será presidente. Los ciudadanos han derrotado a un gobierno
indigno.
Siempre habíamos dicho que la derrota del PP habría que celebrarla
y salir a la calle Teresa y yo brindamos por el futuro, por un país
mejor, con una copa de Juve i Camps. Estábamos muy contentos pero dudábamos
si salir de casa. Era tan reciente el dolor de Madrid que daba pudor festejar
la victoria, aunque comprendíamos a los que estaban en Ferraz, la
sede madrileña del PSOE. Esto no era sólo el triunfo de un
partido, era la recuperación ciudadana de la dignidad pública
perdida. Pero nos quedamos en casa.
Llegaron unos amigos, Paco y Marta. Comentamos los resultados. Sí,
era cierto, los ciudadanos de España habían utilizado el voto
para expulsar al PP del poder.
Nuestro país va a cambiar. Muchas cosas no volverán a ser
iguales. Con esa sensación me acosté. También tenía
la convicción de que esta victoria de los ciudadanos será defendida,
que este voto era muy diferente al que llevó a la izquierda al poder
en 1982. Entonces predominaba en mucha gente progresista la confianza ciega,
acrítica, en los nuestros, en la capacidad de los políticos
profesionales, en la sabiduría de las élites que saben lo que
hay que hacer y lo que se puede y no se puede hacer. Ahora la gente es mucho
más consciente de que debemos ser activos y vigilantes, de que las
cosas también dependen de nosotros, de nuestras acciones y actitudes.
“No nos falles”, habían gritado a Zapatero en Ferraz. Es bueno que
los gobernantes sepan que si nos fallan estaremos nuevamente en las calles.
Ese poder ciudadano que empieza a desarrollarse en nuestro país y en
tantos otros es, para mí, la única garantía de que realmente
otro mundo es posible.
Como un sueño. Estos cuatro días han tenido de todo: tragedia
y pesadilla, emoción compartida y movilización, protesta civil
y rebelión democrática, fin de un gobierno reaccionario y comienzo
de una nueva etapa llena de expectativas. Todos hemos cambiado en algún
aspecto. La emoción de estos días de marzo nos acompañará
para siempre.