Anónimo 1
Los trenes del dolor:
11 de marzo 2004 en El Pozo


Texto publicado en el libro PÁZSALO. MULTITUD EN REBELIÓN

Esta mañana temprano, aún era de noche, mientras preparaba el café y mi hija Lucía se tomaba un colacao, el sonido apagado de algo parecido a una explosión, seguido inmediatamente de otra, ha hecho vibrar los cristales de la ventana de la cocina. ¿Una bombona de butano? En el barrio tenemos gas natural, quizá haya sido más lejos... ¿O quizá una bomba? Pero, ¿qué sentido tiene colocar una bomba aquí, en este barrio de gente currante, donde no hay nada que pueda tener interés para cualquier tipo de terroristas...?
He puesto la radio y me he enterado confusamente de que ha habido una explosión en la estación del tren de cercanías de Santa Eugenia. Después han dicho que se trataba de una explosión provocada, que inmediatamente he relacionado con las detonaciones de aquí. En medio de la confusión producida por la primeras y atropelladas noticias, la información ha empezado a tomar cuerpo. Ha habido una explosión provocada por una bomba en la estación de Santa Eugenia, otras dos en la estación de Atocha y otras en la de El Pozo, a unos 300 metros de aquí. Las noticias que dan por la radio son pavorosas: se trata, sin ninguna duda, de atentados y hablan de varios muertos y de muchos heridos.
Han sido ellos, y he pensado inmediatamente en ETA, no sé si por costumbre o porque hace años perpetraron un atentado en Vallecas causando seis muertos, pero queriendo, a la vez equivocarme, en lo que luego se ha mostrado como un amanecer atroz.
Mi mujer, con los ojos llorosos, se ha ido a trabajar y a llevar al colegio a la niña, que iba muy seria, como presintiendo que algo raro ocurría. Nos hemos despedido de un modo especial -¡Cuídate!; Sí, ¡Tened cuidado!- con un beso y apretándonos las manos. Su congoja es comprensible, porque soy un usuario habitual de esa línea, aunque suelo coger el tren un poco antes, además hoy es día de huelga en la universidad y pensaba tomarlo más tarde para acudir a una concentración de profesores y alumnos.
He bajado hasta la estación y me he topado con un espectáculo dantesco: uno de los vagones estaba destrozado, abierto por el techo, partido brutalmente por la mitad; la calle estaba llena de restos metálicos, cascotes, hierros retorcidos, cables colgando, objetos esparcidos por el suelo, personas heridas, bomberos, sanitarios, policías, ambulancias; sirenas, luces, desorden, gente en camilla, agitación, socorros improvisados...
La detonación, tremenda, ocurrida con el tren parado, ha destrozado parte de la estación: el techo del andén se ha venido abajo y parte de las paredes de la vía 1 -dirección a Atocha-, también. Un cuerpo de hombre, debía de estar ya muerto, había sido despedido por la onda expansiva fuera de la estación y estaba tirado en la calle. Al pronto, el conjunto del desastre me ha recordado las fotografías de Beirut en sus peores momentos.
El barrio está conmocionado, la gente pregunta por los vecinos, si ya han salido de casa a esa hora y si habrán llegado a su destino. Los niños y los jóvenes andan por la calle, porque han desalojado el colegio y el instituto, situados ambos frente a la estación, no sólo para evitar a las criaturas el sangriento  espectáculo -hasta el colegio han llegado restos humanos-, sino también para destinar los locales a lo que haga falta. Algunos de esos niños no sabían que a esa hora ya eran huérfanos. Sus padres, después de haberlos dejado en el colegio en el rutinario amanecer de un día cualquiera, habían cruzado la calle para ir a morir unos metros más allá. Su despedida habrá sido la normal -¡Hasta luego, hijo, hija! ¡Adiós mamá, adiós papá!- sin poder imaginar que unos fanáticos habían decidido, desde muy lejos y sin conocerlos, que esa acostumbrada despedida debía ser la última.   
La mañana es tremenda. He ido de la radio a la televisión y de la televisión al teléfono, que no ha dejado de sonar; han sido familiares y amigos preguntando cómo estamos, porque saben que vivimos cerca de la estación y que utilizo la línea de cercanías casi a diario.
Parece que en Atocha, por alguna extraña circunstancia, las explosiones han ocurrido cuando el tren aún no había entrado en la estación. Si las bombas llegan a explotar dentro no sé qué hubiera ocurrido. Y recuerdo, con un sudor frío, que mi hija la mayor pasa, varios días a la semana, a esas horas por la estación para hacer un trasbordo. Afortunadamente, ha telefoneado pronto para decir que estaba bien.
Por la radio ha hablado gente importante, dando su improvisada interpretación de los hechos. Uno de ellos, Carod, insiste en lo mismo: que se equivocó en la forma, pero no el en fondo, al ir a hablar con ETA. Me parece que no es día ni para pedir cuentas ni para justificar errores. Acude a los ejemplos de Sudáfrica y a las conversaciones de Stormont para trata de defender su postura. Su condolencia por las vidas perdidas me parece sincera, pero no compensa el daño político realizado.
También ha hablado Ibarretxe, quien, con cara compungida ha condenado los  atentados. Tiene razón sobrada para estar preocupado: esta barbaridad puede suponer el final de su plan y seguramente será el fin de ETA. Un fin dramático, digno de una ópera wagneriana, que demostrará la siniestra catadura moral de sus componentes y su difícil recuperación para la política: no son adversarios, son enemigos, y eso es lo que algunos no acaban de comprender. El ministro del Interior atribuye el atentado a ETA, pero algunos amigos que me han llamado apuntan a algún grupo islamista.
 Hemos estado tratando de localizar gente del vecindario a través de teléfonos móviles y de idas y venidas. Hemos sabido que algún vecino ha resultado herido de poca importancia y otro afectado en los oídos por la detonación, pero sin más consideración. Más tarde nos hemos enterado de que otro vecino, Emiliano, padre de dos criaturas, ha resultado gravísimamente herido y que está internado en la unidad de cuidados intensivos de La Paz, aunque con poca esperanza de que salga con vida.
Por la tarde, convocada por la asociación de vecinos, ha habido una concentración frente al edificio de la Asamblea de Madrid. Mucha gente, silencio, caras largas, transmisión de buenas noticias y confirmación malas.
De regreso a casa, hemos vuelto a escuchar la radio y simultáneamente a ver esas imágenes por televisión, vetadas a la niña, porque son brutales. No sé qué hacer ni qué decir ni qué pensar... Otegui, el portavoz habitual de los abertzales, ha dicho que no ha sido ETA y que atribuye los atentados a un grupo islamista. Otros también lo han señalado.
¿Y si fuera verdad que no ha sido ETA? ¿Y que en este país puede haber una salida que no nos haga retroceder a siglos sanguinarios como el XIX o el XX, como si estuviéramos condenados por alguna maldición...?
Pero si los atentados han sido provocados por algún grupo islamista como represalia por haber participado en la invasión de Irak, tampoco lo puedo entender, ni puedo justificar la sinrazón de quienes han confundido a la gente, a trabajadores y niños, con los gobiernos y han convertido a los ciudadanos en corresponsables de una intervención militar que en su momento condenaron. Y el que estén muriendo palestinos, mujeres, niños y ancianos, por defender su causa justa, o iraquíes por motivos similares, no puede justificar aquí una represalia sobre inocentes
El atentado me parece una acción canallesca pero además burda, porque no hace falta afinar mucho para causar tanto daño; no ha buscado castigar a los corresponsables directos de la invasión de Irak, sino castigar a la población civil, indefensa, confiada y acogedora, por tener un gobierno impresentable, que en sí mismo y para la gente de este barrio, en su mayoría de izquierda y muy desatendido, ya es un castigo. Ha sido un castigo sobre otro.
En ese aspecto, no puedo compartir la idea de que se trata de la respuesta de un pueblo injustamente tratado contra el imperialismo o cosas por el estilo. Esto no es la guerra del Vietnam, sino algo más complejo, a donde el gobierno del PP irresponsablemente nos ha arrastrado. Los 140 o 150 muertos, que por el momento llevamos contados, y los casi mil heridos son víctimas del terrorismo, pero también de una guerra, disfrazada de operación libertadora, que de modo muy imprudente se pensaba librar en un lejano escenario, pero que por circunstancias del destino (y de la globalización) unos desalmados han decidido librarla también en Europa.
Llega la noche y sigo –seguimos- pendientes de las noticias. Entre las que más me interesan están las que dan cuenta de la actitud de la población madrileña, de los ciudadanos anónimos y de los miembros de los servicios de emergencia, y las que hablan de las espontáneas manifestaciones de ciudadanos contra el terrorismo celebradas en casi todas las capitales de provincia y en muchísimos pueblos, pero las que más agradezco son las de Barcelona y el País Vasco.  De la primera porque es mi tierra natal, de la que a veces me siento muy distante. Del segundo porque es una herida abierta de modo permanente que mantiene a la gente enfrentada, pero que hoy, esta noche, ha dejado paso a un sentir común, que quiero creer que la mayoría comparte. El día ha sido atroz. No olvidaré mientras viva este once de marzo.