Llamamiento Digamos «No» al
Tratado constitucional para construir otra Europa
Manifiesto presentado el 19 de noviembre en Madrid.
El debate sobre Europa es importante. Para hacer frente a la deslocalización
de empresas y a la especulación financiera, a la crisis ecológica
y a la carrera armamentista, a la desigualdad entre géneros y a la
brecha creciente entre el Norte opulento y el Sur y el Este empobrecidos,
necesitamos unir esfuerzos a escala europea. Pero la Europa que hace falta
no es la que consagra el Tratado constitucional adoptado por los jefes de
estado y de gobierno el pasado día 18 de junio.
Este Tratado constitucional persigue, en realidad, otra cosa. Intenta blindar,
en una Europa ampliada, el núcleo anti-democrático y anti-social
que ha marcado el proceso de integración al menos desde Maastricht.
No puede considerarse, por lo tanto, un simple Tratado más. Es un
texto con pretensiones «constitucionales», concebido para durar.
Por su forma de elaboración, este Tratado no comporta ruptura alguna
con los métodos tecnocráticos practicados hasta ahora por la
Unión. Más allá de la propaganda, estamos lejos de haber
asistido a un proceso constituyente genuinamente democrático. No se
convocó a una Asamblea constituyente elegida por los pueblos europeos.
La derecha conservadora dominó el funcionamiento de la Convención
encargada de redactar las versiones iniciales del Proyecto. El debate fue
escaso. Las enmiendas más avanzadas desde un punto de vista social
y democrático fueron rechazadas. El texto aprobado, de por sí
limitado, fue modificado «a la baja» por los ejecutivos estatales
en las Cumbres intergubernamentales posteriores. Lo que se firmará
en Roma, al final, no es ni más social, ni más democrático
ni más europeo de lo que ya había en los Tratados anteriores.
La mayoría de la ciudadanía, aún hoy, carece de información
adecuada sobre este Tratado. Tampoco se han dado garantías suficientes
para un debate público y plural a la altura de lo que se pretende
aprobar. Sin embargo, el gobierno español ha convocado un referéndum
para comienzos del año 2005. De ratificarse, cualquier modificación
sustancial del Tratado constitucional exigirá el acuerdo unánime
de los 25 miembros de la Unión. Su revisión, no sólo
jurídica, sino política, resultará casi imposible.
No es poco lo que está en juego. Por primera vez en la historia del
constitucionalismo moderno, se consagran los pilares básicos del proyecto
neoliberal. En la Parte III, sobre todo, se constitucionalizan con detalle
la independencia casi absoluta del Banco Central Europeo, la obsesión
por la ausencia de déficit y una serie de criterios de convergencia
de claro signo monetarista. No se garantiza la defensa de los servicios públicos
frente a las leyes del mercado ni una política ecologista coherente.
Los objetivos sociales y ambientales quedan reducidos a simple retórica
y la Carta de derechos se inserta como un adorno destinado a causar las menores
molestias posibles. No se facilita la armonización fiscal o laboral.
En cambio, los preceptos que han permitido las privatizaciones y las restricciones
a las ayudas estatales a empresas públicas permanecen –como demuestra
el caso de Izar– prácticamente inalterados.
Tras medio siglo de integración, los órganos más representativos
conservan un papel marginal y los que de verdad deciden carecen de controles
democráticos efectivos. Las nuevas competencias reconocidas al Parlamento
europeo son mínimas. Los verdaderos «señores de la Constitución»
continúan siendo el Consejo (europeo y de ministros), la Comisión,
el Tribunal de Justicia y el Banco Central. No es de extrañar que
en ese entramado oligárquico, la única innovación relevante
en materia de democracia participativa –el derecho de propuesta ciudadana–
se deje al albur de la Comisión, considerada ya la más neoliberal
en la historia de la Unión.
El Tratado constitucional asegura defender la Europa de la paz, pero no consagra
una alternativa real al modelo civilizatorio que hoy representan los Estados
Unidos. No renuncia a la guerra como instrumento de política exterior,
mantiene los lazos con la OTAN y prevé una Agencia de Defensa dirigida
a maximizar los beneficios en materia militar. Predica el respeto por la
diversidad, pero no permite una actualización democrática del
derecho a la autodeterminación de los pueblos ni otorga reconocimiento
adecuado a la realidad plurinacional de Europa. Los casi veinte millones
de trabajadores y trabajadoras inmigrantes que contribuyen a su prosperidad
son objeto de un tratamiento básicamente discriminatorio y policial.
Se intenta lo absurdo: exportar al Sur y al Este las políticas neoliberales
que están en el origen del «efecto salida» de muchísimas
personas, para luego negarles la libertad de circulación y los más
elementales derechos de ciudadanía.
Como Proyecto destinado a regir la vida de Europa durante los próximos
30 o 50 años, este texto no puede considerarse ningún «paso
adelante». Y mucho menos el «único camino posible».
Negarse a rechazar un Tratado mediocre por temor a una crisis es desconocer
que la crisis ya existe, y que sus responsables son los mismos que han defendido
con entusiasmo los Tratados que han conducido a ella, incluido el de Niza.
Creemos que abandonar la crítica de la Europa burocrática,
desigual y de las «múltiples velocidades» que recoge el
Tratado constitucional al populismo xenófobo y de extrema derecha
sería un acto irresponsable, de peligrosas consecuencias políticas
y sociales. Por eso, defendemos la necesidad de decir «no» a
este Tratado constitucional, como primer paso para la construcción
de una Europa alternativa. Social, democrática, ecológica,
pacífica, laica, respetuosa con la igualdad de género y con
la diversidad sexual, cultural y nacional. La única Europa que, tomada
en serio, podría ponerse al servicio de un internacionalismo solidario
de nuevo cuño y ganarse el compromiso de los millones de mujeres y
hombres que hoy la contemplan con comprensible escepticismo.
Para más información: http://noalaconstitucioeuropea.pangea.org/