Sí a Europa
Sí a su Constitución
Invierno 2004-2005. Texto colectivo emitido por el consejo editorial de la
revista Iniciativa Socialista
El 20 de febrero, referéndum. En juego, la ratificación de
la Constitución Europea por España. Y algunas cosas más,
muy importantes.
Nuestra opinión es que hay que ir a votar.
Hay que votar porque la construcción europea es un proceso político
de dimensión histórica, profundamente progresista con independencia
del signo político que coyunturalmente pueda ser hegemónico
en el espacio de la Unión Europea. No puede sernos indiferente. En
un escenario geopolítico en el que Estados Unidos está gobernado
por Bush y los reaccionarios neocon, Rusia bajo el mando autoritario -genocida
en Chechenia- de Putin, y China, potencia económica emergente, sometida
a una dictadura férrea, los movimientos ciudadanos y sociales que
aspiran a una mundialización democrática y social sólo
pueden encontrar puntos de apoyo institucionales en la UE y en el giro a
la izquierda que parece observarse en diversos países de América
Latina.
Hay que votar para reforzar los mecanismos de participación ciudadana.
Si la respuesta a las convocatorias de refrendos es muy escasa, quienes
son contrarios a ellos se harán más fuertes y su concepción
de la democracia como una delegación de la acción política
realizada cada cuatro años ganará posiciones. Si queremos
consolidar el derecho a ser consultados, no podemos desperdiciar las ocasiones
que se nos ofrecen para dar nuestra opinión, en contraste con un
pasado reciente en el que, sin contar siquiera con el Parlamento, se nos
metía en guerras que rechazaba la inmensa mayoría.
Hay que votar para reafirmar lo que dijimos el 14 de marzo de 2004. La
derecha más reaccionaria está empeñada en deslegitimar
la voluntad democrática de la mayoría. Con la boca chica,
el PP pide el voto favorable a la Constitución europea, pero su implicación
efectiva es mínima, pues desean una baja participación para
atribuirla a un fracaso del Gobierno socialista y desgastar el impulso de
cambio y democratización que hoy palpita en España. De hecho,
la derecha intenta, por todos los medios a su alcance, devaluar el referéndum.
Debemos recordar sus intentos de ridiculizar “las prisas” del Gobierno para
realizar la consulta popular y las burdas maniobras con la que han sugerido
que la ratificación de la Constitución Europea requeriría
convocatoria previa de elecciones generales, o las insistentes declaraciones
de Rajoy declarando que el reforzamiento de las relaciones con Europa era
malo para España. Ideólogos neocon abiertamente “aznaristas”
sin implicación directa en cargos políticos ya han comenzado
a expresar abiertamente lo que piensan y quieren, pidiendo el rechazo de
la Constitución europea, como hace, por ejemplo, José María
Marco, miembro de FAES -la fundación de Aznar-, colaborador directo
de Aznar en la elaboración de uno de los libros firmados por él
y, vaya casualidad, ligado también a la Universidad de Georgetown.
Votemos, pues, el 20 de febrero. A favor de Europa y de la democracia,
a favor de las aspiraciones expresadas en España el pasado 14 de
marzo, en contra de los Bush, Rajoy, Aznar, Butiglione, etc.
Nuestra opinión es que hay que votar Sí a la Constitución
Europea.
No despreciemos nuestras propias victorias. Si en España respiramos
desde el 14-M, en el ámbito europeo hemos logrado que el Parlamento
diese un fuerte tirón de orejas a Durao Barroso y vapulease a Butiglione;
la derecha más reaccionaria, empeñada en hacer de la UE un
“club cristiano”, también ha sido derrotada en el Parlamento europeo
en las votaciones sobre Turquía. Tras la reelección de Bush
como presidente de los EEUU, el desarrollo de la UE es una pieza clave para
posibilitar escenarios basados en estrategias de paz y cooperación,
diferentes a los propiciados por Bush y sus aliados, que, recordémoslo
bien, pusieron todos los obstáculos posibles al logro de un consenso
constitucional para Europa.
La Constitución europea tendrá un efecto político
y simbólico formidable, como lo tuvo la adopción del euro
como moneda común, pero, esta vez, con más extensión
territorial y más claro y explícito contenido político.
La emergencia de un espacio político europeo transnacional dotado
de una Constitución es una innovación histórica que
asombraría a quienes nos antecedieron. Una creación social
que nos dota de herramientas para hacer frente a retos y dificultades que
exceden totalmente el ámbito de cada Estado. La consolidación
de la UE no garantiza que se den las respuestas adecuadas, pero sin espacios
políticos como el que ella representa será imposible hacerlo.
Ahora mismo, no estamos peleando simplemente por una Europa que haga las
políticas que deseamos; estamos peleando por una Europa en la que
podamos pelear para que en ella se hagan esas políticas. Pues algunas
de esas políticas, quizá las más importantes, no pueden
llevarse a cabo de forma satisfactoria “en un sólo país”.
La ratificación de la Constitución consolidará el
proceso de ampliación de la UE y dará nuevos impulsos a la
adecuación de los sistemas de los países aspirantes de cara
a su futura incorporación, como ha ocurrido en el caso de Turquía,
que ha despenalizado el adulterio pese a contar con un gobierno islamista
más o menos moderado. Atraer al ámbito de Europa a los países
procedentes del antiguo bloque “soviético”, que fácilmente
podrían haber caído bajo la influencia exclusiva de EEUU o
seguir sufriendo alguna forma de tutelaje ruso, es un factor de equilibrio
y paz para nuestro continente y para el mundo. Un avance que no debe ser
echado por la borda con un exceso de “purismo” y con una lectura estática
y caprichosa del Tratado Constitucional.
Si la Constitución Europea fuese ratificada por escaso margen y
sin entusiasmo en la mayor parte de la UE, y rechazada su ratificación
en uno, dos o tres países, estrategia a la que apuntan quienes no
quieren que la Constitución sea adoptada, creemos que no hay ninguna
posibilidad de que se genere un movimiento europeísta positivo que
culmine, a corto plazo, en una constitución mejor. Si la Constitución
se estanca no sólo nos quedaremos en lo que estamos ahora, el Tratado
de Niza, sino que lo haremos en peores condiciones y sin posibilidades de
superación a corto o medio plazo. El fracaso de la Constitución
fortalecerá el papel de los gobiernos sobre el de la ciudadanía
y sobre el propio Parlamento europeo; favorecerá a los grupos privilegiados
que aspiran a una UE con muy pocos controles políticos; potenciará
a diversos populismos reaccionarios, a extremas derechas, a “patriotismos”
excluyentes, a los más próximos aliados de Bush; frenará
las tendencias “federalizantes” en favor de las intergubernamentalistas;
empujará a varios de los estados miembros hacia una política
exterior con preferencias “atlantistas”, es decir, privilegiando las relaciones
con Estados Unidos frente a la cooperación europea... Si la Constitución
europea fracasa, en el mundo serán más fuertes los Bush, Putin
y similares. Serán más fuertes los grandes grupos económicos.
Y también serán más fuertes los Bin Laden.
Claro está que la Constitución no es la que a nosotr@s nos
gustaría, incluso dentro de los límites que, afortunadamente,
marca la pluralidad política de una Unión Europea que no puede
dotarse de un espacio político común si no hay un acuerdo
sobre las reglas del juego entre las principales fuerzas de la izquierda
y de la derecha. Preferiríamos que fuese más social y más
democrática, más clara en cuanto a la defensa de los servicios
públicos, más federalista, con más derechos ciudadanos
y con una política fiscal común. De hecho, hasta su firma
a finales de octubre de 2004 por los 25 gobiernos, era prioritario mantener
presiones sociales y políticas para conseguir su mejora. Algunas
de esas presiones tuvieron éxito, lográndose incluir entre
los valores de la Unión la igualdad entre mujeres y hombres, aunque
también prosperaron otras presiones “negativas” de ciertos gobiernos.
Pero ahora encaramos la necesidad de decir Sí o de decir No. Y decimos
Sí, no para quedarnos aquí, pero sí para avanzar y
poder seguir trabajando para ir más adelante.
Al determinante efecto político y simbólico que su aprobación
tendrá, modificando imaginarios sociales y transformando relaciones
de fuerzas en un sentido positivo, progresista, la Constitución suma
el hecho de que su contenido concreto representa un claro avance sobre el
vigente Tratado de Niza. La Constitución Europea, juzgada artículo
por artículo, es inequívocamente mejor que el Tratado de Niza.
Los numerosos defectos del Tratado constitucional están ya presentes
en el Tratado de Niza. Puede decirse que prácticamente todas las
modificaciones son de carácter positivo, especialmente en lo que
se refiere al ámbito institucional y de la ciudadanía europea.
Así, por ejemplo y sin ánimo exhaustivo, estas son algunas
de las cosas que traerá la Constitución y perderemos si nos
quedamos en el Tratado de Niza, tan loado por Aznar y Rajoy:
* La Unión Europea adquirirá personalidad jurídica,
de la que ahora carece.
* Aumenta el poder legislativo del Parlamento europeo, al extenderse la
codecisión entre él y el Consejo de ministros.
* El Parlamento europeo obtiene el derecho de iniciativa de reforma constitucional
y se constitucionaliza el mecanismo de la Convención.
* Se reducen los ámbitos de decisión en los que se requiere
acuerdo unánime de todos los Estados, en favor de la toma de decisiones
por mayoría cualificada en el Consejo.
* La introducción, aunque sea a modo de principio, de la indicación
que que el Consejo europeo, a la hora de hacer ante el Parlamento europeo
su propuesta de designación de presidente de la Comisión, deberá
tener en cuenta los resultados de las elecciones europeas.
* El fin de la rotación semestral de la presidencia del Consejo
entre los estados miembros, instaurándose la elección por
30 meses de un presidente sin cargo en ningún Estado.
* El derecho a que un millón de ciudadanos de la Unión propongan
a la Comisión que presente una propuesta de acto jurídico.
* La incorporación de la Carta de Derechos Fundamentales al tratado
Constitucional, que no limita ninguno de los derechos reconocidos por las
constituciones de cada Estado y genera nuevos derechos en el ámbito
de las políticas de la Unión.
* La inclusión de una avanzada declaración de valores en
que se sustenta la UE y una redefinición más progresista de
sus objetivos.
* El reconocimiento de la legitimidad de las medidas de acción positiva
en favor de la igualdad entre mujeres y hombres, lo que, como bien sabemos
en España, es cuestionado por amplios sectores de la judicatura conservadora,
la derecha reaccionaria e, incluso, cierta izquierda machista.
* La inclusión, entre las discriminaciones prohibidas, de aquellas
basadas en la orientación sexual, lo que no figura de forma explícita
en numerosas constituciones de Estados miembros, entre ellas la española.
* Ciertos avances hacia políticas exteriores comunes, como la creación
de la figura del ministro de Asuntos Exteriores, y el compromiso de los
Estados miembros que sean miembros del Consejo de Seguridad de la ONU para
proponer en éste al invitación del ministro de A.E. de la UE
cuando se traten teman sobre los que la Unión haya adoptado posición.
* Alguna tímida mejora en cuanto a los servicios de interés
económico general (lo que desde la izquierda llamaríamos “servicios
públicos”), no tanto en lo que se refiere a definición concreta
de políticas como en declaraciones de principios que pueden servir
de base para interpretaciones progresistas de lo establecido por el Tratado
Constitucional.
Hay más avances, pero no pretendemos hacer aquí una relación
exhaustiva de ellas. Sin ninguna duda, la Constitución, como los
Tratados anteriores y las constituciones nacionales de los Estados miembros,
toman como referencia en lo económico una dinámica productiva
y de intercambios esencialmente capitalista. Pero esa es la realidad social
en la que nos movemos. Queremos cambiarla, pero negarla no nos llevará
a ningún sitio. Las herramientas para cambiar esta sociedad deben
ser encontradas o creadas en su seno. Y la construcción europea es
“un arma política cargada de futuro”.
No estamos realizando la evaluación académica de un texto
o de una narración utópica sobre el mundo en que nos gustaría
vivir. Si ese fuese el enfoque a adoptar, los miembros de este consejo editorial
no daríamos muy elevada nota al Tratado Constitucional. Pero de lo
que estamos hablando es de cómo cambiar en común el mundo
en que vivimos, de cuáles serían las consecuencias de la aprobación
de la Constitución Europea y de cuáles las de su no ratificación.
Por eso, votaremos con entusiasmo, con la conciencia de estar implicadas
e implicados en una batalla política de talla histórica, a
favor de una Constitución que, en sí misma, como marco normativo,
no nos entusiasma demasiado y tiene numerosos defectos, pero que representará
un impulso político absolutamente necesario en el contexto mundial
actual. No es casual que importantes movimiento sociales se orienten en
una gran mayoría hacia la aprobación de la Constitución,
como es el caso de los principales sindicatos europeos y de la Confederación
Europea de Sindicatos, o de gran parte de los colectivos de lesbianas y
gays o de las organizaciones de mujeres.
Hay momentos en los que dormirse, por muy bellos que sean los sueños
que nos acunen, puede tener efectos desastrosos y no llevarnos al destino
elegido sino al hospital o a la morgue. Así que soñemos, pero
despiertos. Con la Constitución Europea, podremos avanzar. Sin ella,
es seguro que retrocederemos.
Atención, no creamos que, bajo el supuesto de que el Sí en
España está asegurado, un “toque” crítico fortalecerá
las posibilidades de ir pronto más allá. Quienes prefieran
que la Constitución se ratifique pero crean que pueden votar “no”
o abstenerse para ser “la sal de la tierra”, dado que otros se encargarán
de que gane el “sí”, están adoptando una postura elitista e
irresponsable que sólo favorecerá a los Aznar, Bush y compañía.
En este momento, España se ha convertido en una referencia para la
gente de izquierda de toda Europa e incluso de todo el mundo. Lo que aquí
ocurre, influye en Europa. Un Sí logrado con una escasa participación
y con un porcentaje significativo de rechazos debilitaría el impulso
de cambio que vive nuestro país y favorecería la influencia
del “euroescepticismo” en otros países de la Unión Europea.
Un Sí masivo y rotundo a favor de la Constitución Europea
en España ratificaría nuestra voluntad de mantener un rumbo
hacia la izquierda y podría influir sobre las opiniones públicas
progresistas de otros países de Europa. El 20 de febrero, hay que
llenar las urnas con votos. Y cuántos más “sí” haya,
mejor.
Sí a Europa. Sí a la Constitución Europea, para avanzar.