Isabel Gutierrez Arija
Toñi Ortega Fernández
Las autoras son miembros de la junta directiva
de la asociación No Nos Resignamos.
Isabel Gutiérrez Arija ha sido presidenta del Consejo de la Mujer
de la Comunidad de Madrid
Toñi Ortega, sindicalista UGT, es presidenta del comité
de empresa de Acerinox-Madrid |
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Tú que no quieres lo que queremos...
La ley preciosa do está el bien nuestro,
contra una violencia que mata a una o varias mujeres cada semana, y que causa
centenares de suicidios, miles de casos de malos tratos, en su gran mayoría
no denunciados, y numerosas agresiones sexuales. Eso es lo que queremos.
Y eso es lo que ahora tenemos al alcance de la mano.
Hay quien considera que el proyecto de Ley contra la Violencia de Género
es discriminatorio hacia los hombres e inconstitucional. No les pedimos un
"trágala" ni que se callen. Bienvenido sea el diálogo público
que saca esta lacra social de la falsa privacidad de los "hogares cerrados,
puertas clausuradas" de los que hablaba André Gide. La violencia de
género es violencia política. Quizá la más extendida
violencia política a escala planetaria.
Muy recientemente, un prestigioso periodista ha insinuado que la presencia
de estos crímenes en primera página de los periódicos
respondía a una moda pasajera de los medios de comunicación
("Crímenes en primera página", Vicente Verdú, El País,
9/7/2004). No es así. Lo que ha hecho "noticiable" el asesinato de
una mujer es la creciente, aunque insuficiente, toma de conciencia sobre
la gravedad de ese terror machista, de la misma forma que los crímenes
etarras recibieron mayor relevancia informativa a partir de la toma de conciencia
social que acompañó al asesinato de Miguel Ángel Blanco.
Los crímenes del terrorismo etarra o fundamentalista, del racismo,
de la homofobia o de la violencia de género causan menos muertos que
los accidentes de tráfico, pero resulta razonable y necesario que
se les dé una dimensión superior, por su intencionalidad
y por los efectos amedrentadores que tienen en tanto que violencias
de odio y dominación. Casi nadie lo pone en cuestión cuando
se trata de legislar contra el terrorismo organizado. Pero ese consenso se
rompe cuando se habla de la violencia de género, pese a su inequívoca
especificidad. Quizá lo que nos separa sea el reconocimiento o negación
del carácter singular de la violencia contra las mujeres.
Uno de los campos de batalla de esta polémica se ha situado en
el ámbito de lo "linguísticamente correcto". Lo principal
es el contenido de ley. Pero esta querella nominalista tiene más
importancia de lo que parece.
La Real Academia Española (92,5% de hombres), que no ha dudado
en reconocer términos como "display" o "marketing", se opone a la
utilización de la expresión "violencia de género",
a la que considera una mala traducción del inglés. En realidad,
hemos tenido la suerte de disponer de una palabra propia, "género",
adecuada para recoger, sin adaptaciones forzadas de términos no castellanos,
un concepto cuyo estatus específico en las ciencias sociales hace
referencia a una construcción social que asigna roles a grupos de
individuos según su sexo.
En matemáticas, física, biología, psicología
y en todas las disciplinas científicas se utilizan, con significados
muy específicos, palabras que ya formaban parte del idioma castellano.
Eso no ha creado ningún conflicto. Si hablar de "violencia de género"
provoca muchos resquemores es porque estamos hablando de política
y de nuestra propia vida.
Política es la preferencia mostrada por la RAE por la expresión
"violencia doméstica". Nosotras mismas la hemos utilizado, pero nos
dimos cuenta de que en ella había una ambigüedad fundamental,
pues oculta tanto la asimetría fundamental entre la violencia cometida
por hombres contra mujeres y la violencia de mujeres contra hombres, como
la existencia de un tejido continuo de discriminaciones y violencias contra
las mujeres de la que los asesinatos son la más brutal expresión.
Desde la hostilidad explícita o implícita a la Ley contra
la violencia de género se nos habla de "dificultades de convivencia",
de "resentimientos", de "amor, desamor y odio", de "patologías", de
falta de "formación matrimonial" y "compromiso conyugal", de "frustraciones
sociales", etc. Fórmulas de las que algunas son abiertamente reaccionarias,
otras no dicen absolutamente nada y las restantes pueden tener un interés
auxiliar de cara al estudio de algunos aspectos particulares de la violencia
o a terapias clínicas. Pero ninguna de ellas toma en cuenta y menos
aún explica la violencia de género, la asimetría radical
que la expresión "violencia doméstica" oculta.
Esta asimetría tiene que ver con una dominación. Dominación
machista o patriarcal, como queramos decirlo. La dominación tiene
signo, orientación, y por tanto la violencia también lo tiene.
Por eso, el propósito de la Ley contra la Violencia de Género
no es hacer frente a la violencia en general, para lo que se dispone de un
amplio Código Penal y podrían elaborarse nuevas leyes si se
considerase necesario, sino combatir esta violencia en particular. Una vez
reconocido esto, es perfectamente legítimo introducir otros elementos,
herramientas que pueden ser útiles, por ejemplo, para comprender por
qué unos hombres son maltratadores y otros no. Pero hay que partir
de la asimetría; sin ella, nada se explica.
Algunos ponen esto en cuestión. Por ejemplo, la Conferencia episcopal
liga la violencia de género (expresión que, claro está,
los obispos no usan, salvo para condenarla) a la "revolución sexual".
Es decir, para estos clérigos las raíces de esta violencia
no son una dominación sino aquello que nosotras consideramos un proceso,
largo y desigual, de emancipación. Presentan la violencia contra las
mujeres como un fenómeno novedoso, ligado al alejamiento de los "valores
familiares" y del "matrimonio cristiano", a los divorcios, a la autonomía
de sexualidad y procreación, etc.
Desde otra óptica, laica o al menos no explícitamente religiosa,
se insinúa un mensaje en cierta forma convergente con el de la Conferencia
Episcopal, aunque sin culpar a la "revolución sexual" ni formular
una explicación alternativa, insistiendo, como hace Vicente Verdú
en el artículo antes citado, en que la explicación fundamentada
en un "machismo temible" ya no se sostiene, dado que un país como
Noruega, que ocupa el primer lugar en todos los rankings internacionales relativos
a la igualdad entre hombres y mujeres, tiene un índice de mujeres
asesinadas por sus parejas o ex-parejas que casi triplica el existente en
España. Sin embargo, quienes se apoyan en ese dato empírico
para calificar de superficial y apresurada la Ley contra la Violencia de
Género, sin sumarse explícitamente a la tesis vaticanista, son
totalmente incapaces de dar una explicación razonable de por qué
en España y en Noruega, en México y en Papúa-Nueva Guinea,
en Arabia Saudí y Afganistán la "violencia doméstica"
es, en esencia, violencia de los hombres contra las mujeres, aunque existan
diferencias cualitativas entre unos casos y otros.
Por otra parte, no debe olvidarse que toda revolución tiene su
reacción. Incluso allá donde más han avanzado las políticas
de igualdad, en muchos casos con la ayuda de leyes de acción positiva
que también fueron calificadas de "discriminatorias" por sus críticos,
siguen existiendo culturas sociales regresivas y muchos individuos a los
que les resulta extraordinariamente difícil adaptarse a la nueva situación,
al igual que a muchos blancos estadounidenses racistas se les pudo hacer
casi insoportable la presencia de negros en las universidades o en la misma
zona de los transportes públicos. Hay hombres que viven como una humillación
la autonomía sexual, social y laboral de las mujeres y el cuestionamiento
del papel dominante masculino. Pero ellos no tienen derecho a una situación
de privilegio sobre las mujeres. No hay excusa.
Resulta muy significativo que en los países más avanzados
en cuanto a políticas de igualdad la mayor parte de estos asesinatos
tienen lugar en momentos de ruptura o tras ella. Las muertes son muchas,
demasiadas, pero sólo un pequeño porcentaje del total de casos
de malos tratos que afectan a mujeres. No necesariamente hay más muertes
donde hay más malos tratos. Realmente, nosotras no sabemos si el porcentaje
de mujeres maltratadas es mayor en Noruega o en España, ni si la diferencia
en el índice de mujeres asesinadas se debe a una mayor extensión
del maltrato en Noruega, a una reacción machista ante una mayor
afirmación de la autonomía de las mujeres o, incluso, a otras
peculiaridades de ambas sociedades que puedan influir sobre las cifras absolutas.
Pero lo que sí sabemos es que las mujeres son mucho más maltratadas
en Arabía Saudí o Afganistán que en España o
en Noruega, no a causa de una superioridad "occidental", sino por la superioridad
de la democracia y de los logros alcanzados por la lucha de las mujeres
y de aquellos hombres que han sido solidarios. El avance de la autonomía
de las mujeres implica la creación de condiciones para una disminución
de los malos tratos, pero no garantiza de inmediato la aceptación
de la nueva situación por parte de los sectores masculinos más
irreconciliables con el cuestionamiento de su poder.
Si la violencia "doméstica" tiene signo negativo para las
mujeres, si son millones las mujeres maltratadas, si los asesinatos en los
países más avanzados se producen en la mayor parte de los casos
porque un hombre no soporta que una mujer ponga fin a su relación,
es, precisamente, porque es violencia de dominación, violencia de
género en este caso, ligada a un patrón social construido durante
siglos, asimétrico y discriminador. Dominación tan asumida
por muchos hombres que a algunos les resulta absolutamente insoportable
verla cuestionada.
Entiéndase bien: violencia de dominación. Los malos tratos
contra las mujeres son tan políticos como los crímenes de ETA
y del Ku-Klux-Klan, aunque no sean planificados por una organización.
Su "espontaneidad" nos avisa de que son aún más difíciles
de erradicar y requieren una acción integral en el ámbito educativo,
político, laboral, social y penal, pues están mucho más
extendidos y se fundamentan en una ideología tan asumida por demasiados
hombres que ni siquiera la viven como tal "ideología", sino, simplemente,
como algo que "es así", "naturaleza", ficción que es desenmascarada,
precisamente, por su desvelamiento como violencia de género.
Contra una violencia de dominación, una ley que no la reconociese
como tal sería una burla. El proyecto de Ley contra la Violencia
de Género no discrimina a nadie. Tampoco es exclusiva ni principalmente
"penalista", aunque resulta sorprendente el ferviente discurso "antipunitivo"
que exhiben en este campo algunos juristas y comentaristas muy inclinados
a la "mano dura" en otros. La Ley aborda el problema que pretende abordar
y lo hace bien, sin que eso excluya que pueda ser mejorada en su tramitación,
tomando en cuenta aportaciones específicas como, por citar un ejemplo,
algunas de las hechas por Soledad Arnau e Isabel Rosado respecto a la violencia
contra mujeres con algún tipo de discapacidad. Pero lo que de ninguna
manera vamos a admitir sin resistencia es que el proyecto pierda su norte.
Afortunadamente, lo que escuchamos a diversos miembros del Gobierno transmite
una posición firme.
Esperamos que así se mantengan. Cuenten, en ese caso, con nuestro
apoyo, como lo tienen ahora. Hemos luchado durante demasiado tiempo por una
ley semejante para dejar ahora que nos la arrebaten. No nos la regala nadie.
La hemos ganado.